










Así, como quien no quiere la cosa, como ese padre ve que su hijo ha crecido y piensa que no lo ha disfrutado, así se nos está pasando esta edición de la Liga Fertiberia. Ustedes me dirán que queda lo mejor; venga, digánmelo. Lo sé; pero atrás queda mucho y bueno, que no sé si hemos paladeado lo suficiente. Y ese sentimiento me reconcome. O no.
Me gustaría que la inolvidable tarde en Guadalajara, con el clásico como excusa, perdurará en mi retina; pero en ella estaba y de repente, otra inolvidable sesión doble en Torrejón con estrellas que brillaban en mis ojos, hasta que me centro en la segunda jornada de cuartos de final. Y con una pupila en el este y la otra en el oeste.
La del este, Montcada cien por cien indoor, se me pone de blaugrana. Y la del oeste, de celeste. Y no es un juego de palabras. Porque celeste es el color del Celta de Vigo, que contra pronóstico se ha metido en las semifinales de la Liga, eliminando a sus vecinos, a su rival eterno, al Deportivo, en un derby que fue apasionante desde el primer al último minuto.
El Deportivo desembarcó en As Travesas de Vigo, uno de los pabellones donde con más pasión se vive este deporte, y se encontró un ambiente de derby. Balaídos en chiquitito. O no tan chiquitito. Los blanquiazules venían con una convocatoria experimentada en partidos de alto voltaje, antes y ahora. Miren que nombres: Donato, Fran, Manjarín, Songo,o, José Ramón, César, … Y enfrente un Celta que no tenía tanto nombre de relumbrón pero tenía a la Parroquia de su parte. Unos feligreses que empujaron a su equipo hasta el pitido final. Ese silbato que sonaba como el de un tren que le decía a los celestes y a su torcida, que el vagón que les llevaba a las semis había abierto sus puertas de par en par.
El Celta a un paso de la gran final de la Liga Fertiberia y el Deportivo que por segundo año consecutivo se queda fuera de conseguir la triple corona. Y viene a demostrar y a ratificar lo que ya se vislumbró la pasada edición; que esta competición se ha igualado tanto, que ya nada puede resultar una verdadera sorpresa. Esa tiranía que en sus dos Ligas conquistadas impusieron los de Coruña es pasado; hermoso, porque aún se recuerda esa forma de jugar, ese dominio espectacular de principio a fin,…pero pasado.
Serán sus vecinos del sur los que lleguen cargados de ilusión para disputar esa codiciada plaza en la final a todo un Real Madrid. Porque el sorteo ya está hecho y eso es lo que ha deparado; celestes o merengues, un color pasa y el otro quedará. El disfrute estará en lo que pase para que una tonalidad prevalezca sobre otra.
Y por el este, en una de las canchas más unidas a nuestro universo indoor, el Barça daba buena cuenta del actual campeón; un Sporting, que como se presumía vendió cara su piel. Piel de fajador, de competidor, de un equipo que se mantuvo firme a pesar de la supremacía de los blaugranas. Un Barcelona que dio una doble alegría a su afición; a priori, con la convocatoria en la que además de los pilares habituales de esta edición, Ezquerro, De Quintana, Oscar Arpón, presentaba dos de los pilares que le llevaron a conseguir el título, brillantemente, hace tres temporadas: Sergi Barjuan y Luis Milla.
Los catalanes estarán en ese superviernes de semifinales, el próximo, en Zamora y se jugarán el puesto en la final con el invicto Atlético de Madrid. ¿Se presenta algo grandioso? Sí. Quedan unos días y se nos harán largos. Luego, esos dos partidos se nos harán cortos. ¿Por qué siempre esa paradoja? No sé. Necesitaría un psicólogo argentino para que me lo explicase, pero con lo de Repsol no sé yo si…